Sabes que dentro de ti hay algo que no es normal, algo que te hace diferente a los demás. Ni mejor ni peor, simplemente, diferente. Tienes 16 años y mientras todos tus amigos organizan un viaje de verano a Gandía tu te pierdes entre las páginas de un libro de viajes o una revista de aventura soñando con si algún día llegarás a esos rincones a veces tan inhóspitos.

Empiezas a viajar, y antes de que te des cuenta, pasan los años pero sigues con las mismas preguntas e inquietudes. Ya has hecho un interrail y has ido al sudeste asiático, pero ¿para cuándo África?. Te quedan tantos sitios que tachar de la “bucket list” que te agobias.

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Cada vez viajas más, de hecho, viajas todo lo que puedes. Antes ahorrabas para hacerte alguna escapada, y ahora focalizas todo en esto. Un gintonic menos es un día más en Jaipur. Eres incapaz de no relacionar cualquier hecho cotidiano con una aventura viajera. Te cuesta hablar sin que te vengan a la cabeza anécdotas del último viaje: el regateo en un bazar de Estambul, aquel tuktuk de Chiang Mai, el día que te perdiste en un trekking por los glaciares patagónicos o la diarrea que te entró comiendo escarabajos en un puesto callejero de un hutong de Beijing.

Y según sigues viajando, en lugar de obtener respuestas solo consigues más preguntas. Cuando visitaré este sitio, cómo será ese amanecer del que me hablaron o a que sabrá ese plato que vi en un blog.

Preguntas que te hacías de vez en cuando, que cada vez se repiten más, que te hacen pasar las tardes leyendo sobre viajes, cerrando los ojos e imaginando que estás allí donde sueñas con estar. Preguntas que te haces incluso estando de viaje, porque seamos sinceros, todo el mundo dice que en cuanto vuelve de un viaje ya está pensando en el siguiente… pero no es cierto que durante el viaje, especialmente en los últimos días, ya sale la típica conversación de: -bueno, ¿el próximo a dónde?

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Pues según dicen, todo esto tiene una explicación. Según la revista “Evolution and Human Behaviour” hay un gen, el DRD4 7R, un receptor de dopamina, que regula la curiosidad de las personas y su estimulación ante nuevos retos, viajes, comidas o experiencias en general. Se supone que solo el 20% de la población mundial tiene este gen. Este dato me interesa más bien poco, pero lo que está claro es que viajar no significa lo mismo para todos.

Hay personas que se sienten bien en su día a día, con su trabajo, su familia, su plan de fin de semana y nada mejor que unas vacaciones en la playa. Algo que es totalmente respetable y admirable. Pero no se puede discutir que hay gente que se siente incómoda en esa rutina o en una vida preplaneada. ¿Por qué? Pues desde mi nulo conocimiento científico parece ser que esto es culpa del gen DRD7 4R. Cada vez tenemos más noticias de gente, que con todas las facilidades en su vida diaria, ha decidido dejarlo todo para irse a explorar el mundo. Si, puede que esto sea un extremo y estas personas tengan altísimos los niveles del gen viajero, pero quiero creer que todos aquellos que intentamos llenar de viajes una vida relativamente normal también tenemos ese gen que nos hace diferentes.

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Salir de la zona de confort. Al final, viajar, además de otras muchas cosas, significa salir de la zona de confort. Dejar tu horario, tu trayecto en metro al trabajo, ese curro que no te llena, el mismo menú semana tras semana, los planes de los juernes, las copas del sábado y el partido del plus del domingo. Viajar significa arriesgar, y a veces, pasarlo mal y sufrir. Y si, ¿pagar por sufrir? Suena raro pero la recompensa es tremenda. Salir de la zona de confort te obliga a sacar tu verdadero yo, ese que en tu día a día no tiene porque brotar y que espera a que las cosas se pongan difíciles para dar lo mejor de ti mismo. Viajar significa enfrentarse a una nueva aventura, un nuevo reto cada día, que además te obliga a decidir, y a hacerlo rápido, ya que de esas decisiones dependerán que esa noche duermas en una cama o no.

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Viajar te permite interactuar a un nivel totalmente distinto al que lo puedes hacer en casa. Te acabarás soltando con el inglés y el francés que aprendiste en el instituto, usarás las dos palabras gallegas que aprendiste tras un verano en Sanxenxo para pedir una feijoada en Río de Janeiro, te sentirás obligado a decir hola, gracias, perdón y adiós en todos los idiomas del mundo, y te darás cuenta de que los signos son internacionales, que un abrazo es un abrazo y que hay miradas que se entienden en cualquier punto del plantea.  Aprenderás y tendrás la necesidad imperiosa de seguir aprendiendo. Historia, geografía, cultura, gastronomía y más cosas que no vienen en los libros. Aprenderás, si no lo sabes ya, a dar lo mejor de ti mismo, a enfrentarte a las adversidades, a convivir con el frío, el calor, la lluvia, el hambre, la sed y el sueño. Aprenderás a perdonar y te darás cuenta de que nada, absolutamente nada, es tan importante. Todo tiene una importancia relativa pero necesitas alejarte un poco para poder verlo. Aprenderás a fallar, a que cuando sales de tu zona de confort hay altas probabilidades de pinchar con una comida, de que el baño de la habitación sea un campo de minas y de que los trenes y autobuses no siempre son puntuales y que eso haga que pierdas una reserva o una combinación, o lo que es peor, que te quedes sin visitar algo. Pero repito lo de antes, importancia relativa.

Perdiendo el tren

Pero sobretodo, viajar te hará mejor persona. Te darás cuenta de que no hay izquierda y derecha, que el blanco y el negro depende del ojo con el que lo mires, que hay sitios donde los hombres hacen de mujeres y las mujeres de hombres y hay hombres que son mujeres y mujeres que son hombres por lo que llegas a la conclusión de que da igual. Te abrirá los ojos, te hará ver que por muy mal que creas que estás, estás realmente bien; y sin embargo, aunque veas a gente que está peor, te parecerán más felices: es la importancia de valorar lo que se tiene. Mucho o poco, da igual. Sé feliz. Y es que al final, el viaje se puede traducir como la búsqueda de la felicidad. Felicidad por lo que te aporta durante el mismo, por lo que te provoca cuando lo preparas y por lo que te ha enseñado cuando regresas de él.

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Seguro que hay miles de maneras de encontrar la felicidad, y no seré yo quien diga cómo. Lo que si puedo asegurar es que en mi caso, y por culpa del DRD7 ese, mi felicidad pasa, entre otras cosas, por descubrir lo que el mundo encierra.

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